El engranaje en vela
Estoy releyendo El engranaje del destino. El mío. El que escribí con las manos manchadas de grasa y el alma en el mismo estado. Y es una experiencia que no se puede fingir. Porque cuando lo escribí, aquellas frases —el Casino del mundo, los filtros envenenados, el mecánico de almas— sonaban a metáfora potente, a verso de taller. Ahora, con el pitido de los monitores de fondo y mi padre durmiendo a un metro, las palabras se han vuelto carne y acero. Leo el "Prohibida la reventa" y lo entiendo en su sentido más profundo. Esto que estoy viviendo no se vende, no se negocia, no se traslada. Es mi turno en la mesa del Casino, y la apuesta no es ganar, es no retirarse. Es estar despierto, firme, presente, aunque el sueño pese como un cigüeñal gripado. El libro en las librerías vive su vida pública. Pero el libro en mis manos, ahora, es el manual de a bordo de un mecánico que intenta no fundir el motor mientras cuida a su padre. Y entonces caigo en la cuenta de que la mecánica no es ...