El oficio de devolver la vida
No dejarse engañar por el brillo Restaurar una moto no es arreglar una máquina. Es devolverle la memoria a un cuerpo de metal que ha viajado, que ha sudado, que ha conocido carreteras y silencios. Es desmontar pieza por pieza, limpiar el óxido que el tiempo ha dejado, medir la holgura de cada rodamiento, comprobar que el cigüeñal aún gira con la precisión que exige el oficio. No hay prisa en el taller. La prisa es enemiga del ajuste fino. El primer paso es siempre el mismo: mirar. No con los ojos, sino con las manos. Dejar que los dedos recorran las superficies, que sientan las rugosidades, que perciban el desgaste que la vista no alcanza a ver. Una moto vieja cuenta su historia a quien sabe escucharla con la piel. Lo mismo ocurre con las noticias, las promesas, los discursos que nos venden a diario. Hay que aprender a tocarlos, a desconfiar de su brillo excesivo, a preguntar de dónde vienen y qué esconden debajo de su capa de barniz. Luego viene el despiece. La paciencia de ir separan...