Calor
CALOR Convengamos que este julio andaluz es una hoguera sin dueño, un duende de fuego que no canta, solo quema. Convengamos incluso que la Costa del Sol es leña bendita y maldita, olivos centenarios que se retuercen de sed, pueblos blancos cegados de luz, caminos de chumberas y romero ardiendo, y el mar, ay, el mar, una plancha de estaño fundido donde se ahogan los últimos reflejos. Convengamos por último que el poeta debería sacar agua de la llama, invocar un levante fresco, y convertir este brasero en copla que alivie el pecho. Tal vez, yo no sea ese poeta que esperáis, aquel que baila descalzo sobre brasas y escupe versos mojados de rocío. Pero lo cierto es que tengo calor. Calor de siesta rota en Ronda, de calles de Frigiliana que tiemblan como espejismos, de Málaga que huele a sal, a azahar quemado y a sudor de guitarra. Calor que se mete en los huesos como un cante jondo, que aprieta la garganta y hace que las palabras salgan lentas, pesadas, derretidas. Aquí, bajo este sol que t...