Las manos de la oligarquía
(Poema de taller) Anestesiada la plebe bajo el titilar del kinetoscopio, la plutocracia engrasa su cosecha perpetua. Un anciano cierra la puerta de su hogar, y en los altos palacios se brinda por el invierno. El óxido jamás perdona, aunque ellos aprendieran a vestirlo de oro. El converso mendiga alivio en la clínica moderna, mientras los guardianes del capital contabilizan la rentabilidad del desgaste. La mano tiembla al dosificar el letargo, pero el soberano del dinero sonríe: sabe que un alma sin mantenimiento termina cediendo por fatiga. Alineadas las conciencias en academias de optimismo prefabricado, los arquitectos del monopolio calculan el beneficio de la debilidad. Carestía. Desahucio. Tributo. Tres engranajes de una misma máquina, engrasada con el sudor de quienes jamás ocuparán el salón de mando. Los tribunos del pueblo y los legados de la corporación escenifican desacuerdos sobre un escenario perfectamente engrasado. La multitud aplaude el espectáculo, mientras los dueños de...