Sin mapa
El primer día sin mapa No hubo sirena. No hubo alerta. Hubo un silencio que creció, lento, como una mancha de aceite sobre un trapo, hasta que todo lo demás dejó de tener sentido. Cuando la pantalla se apagó, la gente miró al techo. Después, a los demás. Después, a sí mismos. Y fue entonces, en ese orden, cuando empezó el verdadero desconcierto. Porque no sabían leer el cielo, y el cielo ese día no tenía nubes. Yo estaba en el taller cuando ocurrió. No fue un apagón cualquiera: fue un borrón. Todo lo que se movía con corriente se quedó quieto. Y entonces, el mundo se volvió de repente un lugar más silencioso. Las neveras dejaron de zumbar, los transformadores enmudecieron y aquella vibración constante que ni siquiera sabíamos que existía se esfumó. Dio miedo. Reconozco que dio miedo. Pero el miedo no es más que una advertencia, no un destino. Así que me quedé quieto, apoyé las manos en el banco de trabajo y dejé que el silencio entrara en mí. Hasta que se hizo amigo y no enemig...