El superpoder de ser invisible en casa
Quizá o cómo dejar de arrancar motores sin chispa Hay días en los que uno se para a mirar el panorama y se pregunta en qué momento la vida se convirtió en un circo de contrastes. Por un lado, tienes a la familia, a los amigos de siempre, a los del café y las risas. Con ellos compartes silencios, memes de WhatsApp y toneladas de intrascendencia, porque la convivencia también se alimenta de eso. Es sano, es normal. Pero de repente te cruzas con tu propia trinchera: tus libros, tus textos, las horas de sueño robadas para levantar este blog, los proyectos donde dejas un trozo de alma y las manos manchadas de tinta y de grasa. Y ahí se hace el silencio. Un silencio tan espeso que casi se puede cortar con una llave inglesa. Lo miras de cerca y te choca ver cómo se pasa página —literal y figuradamente— con una indiferencia que, más que doler, desconcierta. No hablo de que te compren el libro (bastante tienen con sobrevivir al mes como para valorar la cultura), hablo...




