El motor que elijo seguir limpiando
No puedes decírselo a nadie. Así empezó todo. Pero hoy, después de tantos kilómetros y tantas noches en penumbras, quiero hablaros directamente a vosotros. A los que leéis desde el otro lado de la pantalla buscando un poco de calor en mitad de la intemperie. Cuando alguien os mira desde fuera, a menudo prefiere pensar que lleváis un motor prestado. Es más fácil para ellos creer que vuestra vida ha sido restaurada por alguna empresa de intercambio, en una caja limpia, reluciente y con garantía. No toleran la idea de que alguien baje al foso por su cuenta, se manche de grasa hasta las cejas y rescate su propia máquina del desguace. Porque ver la moto brillar en la calle es fácil. Lo que no ven —lo que les da miedo mirar— es la verdadera belleza de este oficio: la belleza de limpiar un pistón con paciencia, de rascar el hollín de los malos años, de darle el bruñido necesario a la camisa del cilindro para que el aceite nuevo tenga dónde agarrarse, y de cambiar los retenes de válvulas y e...