Del puente de los grises: Manifiesto a la duda


Del puente de los grises: Manifiesto a la duda


Vivimos en la era de los altares ideológicos. Parece que el mundo nos exige, a golpe de algoritmo y griterío, que elijamos una trinchera, un color primario, una bandera inflexible. Si no gritas con el rebaño, te declaran ausente. Si te atreves a dudar, te llaman tibio.

Pero hay rincones donde las certezas absolutas se agrietan. Espacios donde la complejidad humana no cabe en una etiqueta.

Esta es una carta abierta para los que caminan a contracorriente. Para los que, a pesar de todo, eligen el matiz.


No sé si tengo todas las respuestas, y sin embargo me rebelo.

En este siglo de bandos y certezas prefabricadas, donde los hombres se matan por etiquetas y los dioses se disfrazan de ideologías, la única actitud decente es la del rebelde que duda. No el escéptico tibio que todo lo disuelve, ni el fanático que todo lo incendia, sino aquel que dice:
 «Me niego a que me reduzcan a un color primario».

Como Sísifo empujando su roca, empujamos nuestro matiz cuesta arriba, sabiendo que volverá a rodar. Y sin embargo, en ese esfuerzo absurdo y lúcido reside nuestra dignidad.

Traicionar al rebaño no es cinismo; es la única forma de permanecer fieles a lo humano. Porque el verdadero absurdo no es el silencio del universo, sino el ruido ensordecedor con el que los hombres llenan ese silencio para no tener que mirarse a los ojos.



Yo también he sentido el vértigo de no saber a qué bando pertenecer. He visto mi reflejo en el agua turbia de las certezas ajenas y no me he reconocido. He apretado los puños en la oscuridad del taller, con las manos manchadas de grasa y la cabeza llena de preguntas sin respuesta. Y allí, entre llaves y silencio, entendí que la duda no es debilidad: es el único territorio donde dos extraños pueden encontrarse sin armas.

Por eso escribo esto: para que sepas que no estás solo en el puente.


No cuido mi motor por temor al fallo, sino por dignidad. Igual que no elijo un bando por miedo al vacío, sino por respeto a lo que soy. Igual que enciendo un candil de aceite no para vencer la oscuridad, sino para hacerla un poco más habitable. Y a veces, eso es suficiente.

Yo no ofrezco verdades eternas. Ofrezco una mano extendida en el puente estrecho de los grises, donde dos seres que se atreven a dudar pueden encontrarse frente a frente, sin banderas ni dogmas, y reconocer, por un instante, que el otro también lleva una roca y también sueña con el mar.

Que las campanas de las iglesias y de las tribunas sigan repicando. Nosotros seguiremos aquí, en el borde del precipicio, encendiendo ese pequeño candil de aceite para no olvidar que la libertad siempre fue una palabra demasiado larga…

…y que vale la pena arrastrarla.



 ❤️ 

Esto va por vosotros, los del puente. Los que dudan, los que matizan, los que no encajan en ningún cajón.

Si este manifiesto te ha removido algo, si has sentido ese eco entre el ruido y el silencio, me encantaría leerte.

 ¿Cuándo fue la última vez que te sentiste solo por no gritar con el rebaño?

Deja tu respuesta en los comentarios. Aquí cada palabra es bienvenida.

Gracias por estar al otro lado.


Sergio Casanova Segura
Amiss0709.S.C.S.
Palabras para recordar que seguimos siendo humanos. ❤️📖








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