La holgura que jamás vimos o sentimos

La holgura que jamás vimos o sentimos

Acaso las ideas nos pertenezcan, o acaso seamos nosotros quienes pertenecemos a ellas; pero entre el sentir y el decir se abre un desfiladero donde la expresión traiciona al pensamiento. No basta con albergar una verdad interior: hay que saber proyectarla con la fidelidad del artesano que reconoce su obra. Proyectarse no es exhibirse. Es sostener la coherencia entre lo que se es y lo que se muestra. Es saber que la verdad no se declama: se demuestra.

Este principio, que algunos llamarían ética y otros coherencia, es la consecuencia lógica de una vida atenta. Porque si algo he aprendido en el taller es que el motor y el alma no son tan distintos. Ambos necesitan un mantenimiento regular, un combustible limpio y, sobre todo, la holgura justa para respirar.

Un motor gripado no es tan distinto de un alma gripada. Los síntomas son los mismos: ruido, resistencia, pérdida de potencia. La tentación de forzar es la primera en aparecer, y el resultado también es el mismo: si fuerzas, rompes.

Cuando un ser humano normal y corriente se siente perdido y usado, su motor interno empieza a fallar. La falta de mantenimiento mata en silencio, tanto en un motor como en una vida. La sobrecarga no es valentía. Es la antesala de la rotura. Y el combustible de mala calidad —malos hábitos, ruido, relaciones vacías— deja un poso que termina bloqueándolo todo.

Sentirse usado duele. No es un rasguño superficial; es una grieta que penetra capas. Ocurre cuando das sin que te devuelvan, cuando te vacías sin que te rellenen, cuando te conviertes en la pieza que siempre está disponible pero que nunca recibe mantenimiento.

En el taller hay una regla no escrita: nunca se pide prestada una herramienta sin devolverla limpia y en su sitio. Quien la usa, la cuida. Quien la recibe, la agradece. Pero en la vida, a veces, la gente toma prestado tu tiempo, tu energía, tu alma, y no la devuelve.

Y el mecánico, que está acostumbrado a reparar todo lo que llega al banco, no sabe cómo repararse a sí mismo cuando se siente usado. Porque sabe de motores, de ajustes, de holguras. Pero de límites personales, a veces, no sabe tanto.

Por eso este texto que me recordó algo esencial un día como otro ya pasado. Que también merezco ser tratado con respeto y consideración. Que decir "no" no es un fallo en el sistema, sino una pieza necesaria para que el motor no se gripe. Que el que da también tiene derecho a recibir. Que el que repara también merece ser reparado.

No se trata de cerrar el taller. Se trata de saber cuándo abrir y cuándo cerrar la puerta. De saber a quién prestarle la herramienta y a quién no. De entender que tu tiempo, tu energía y tu alma no son un almacén de repuestos: son el motor que te mueve.

La holgura justa es la que permite respirar, ni un pelo más ni uno menos. Y saber poner límites es eso: darle al motor el espacio que necesita para no fundirse. Es una forma de cuidar el vehículo que te sostiene.


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— Amiss0709.S.C.S.


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