El motor que se para con la mayor dignidad

Hoy le pondrán medicación para engrasar un poco el dolor.

No es una derrota esa medicación. Es un regulador de presión para que el motor no explote antes de tiempo. La vida a veces es así: no puedes reparar ciertas averías, solo puedes acompañar el parón con la mano en el hombro, con el silencio, con la mirada que dice «yo sigo aquí, viejo».

Ya no habla. Solo duerme. Y su respiración es como el ralentí de una Harley en frío: irregular, profunda, pero aún allí. Aún gira. Aún está.

Yo sigo en la silla. La misma de siempre. La que ya tiene la forma de mi espalda y de mis noches en vela. Y mientras él descansa, releo mi libro, porque necesito recordarme que esto ya lo escribí. Que el engranaje del destino no es una broma. Que el casino del mundo a veces reparte estas cartas, y lo único que puedes hacer es no retirarte de la mesa.

Hoy no hay taller. No hay motores que reparar. Solo hay un mecánico de almas que se sienta al lado del motor más importante de su vida, y lo ve pararse suavemente, sin humo, sin golpes, sin sufrimiento.

Y duele. Duele como cuando se te gripa un pistón y sabes que ya no hay vuelta atrás. Pero también hay algo de paz en saber que has hecho todo lo posible: estar, escuchar, no soltar la mano.

Mi padre siempre fue un guerrero. Ganó cientos de batallas en vida, y esta no la pierde: solo se retira a su manera, con la cabeza alta, con la dignidad de quien lo ha dado todo. La medicación no es rendirse, es el abrazo que necesita para irse sin ruido, como un motor que ha cumplido su viaje.

Mañana, o pasado, o cuando todo colapse, quiero recordar esto: que estuve aquí. Que no me fui. Que mi viejo se va con la certeza de que su hijo, sus hijos e hijas estuvimos ahí; que el mecánico, el escritor, el que siempre está en el foso, no le falló.

El motor se para. El viaje termina. Pero el engranaje del amor sigue girando.



Sergio Casanova Segura (Amiss0709.S.C.S.)



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