Sin mapa
El primer día sin mapa
No hubo sirena. No hubo alerta. Hubo un silencio que creció, lento, como una mancha de aceite sobre un trapo, hasta que todo lo demás dejó de tener sentido.
Cuando la pantalla se apagó, la gente miró al techo. Después, a los demás. Después, a sí mismos. Y fue entonces, en ese orden, cuando empezó el verdadero desconcierto. Porque no sabían leer el cielo, y el cielo ese día no tenía nubes.
Yo estaba en el taller cuando ocurrió. No fue un apagón cualquiera: fue un borrón. Todo lo que se movía con corriente se quedó quieto. Y entonces, el mundo se volvió de repente un lugar más silencioso. Las neveras dejaron de zumbar, los transformadores enmudecieron y aquella vibración constante que ni siquiera sabíamos que existía se esfumó.
Dio miedo. Reconozco que dio miedo. Pero el miedo no es más que una advertencia, no un destino. Así que me quedé quieto, apoyé las manos en el banco de trabajo y dejé que el silencio entrara en mí. Hasta que se hizo amigo y no enemigo.
El primer día sin mapa, lo primero que hice fue salir al patio. Miré el sol, calculé la hora por la sombra de una vieja Bultaco que llevaba meses sin arrancar. No era una habilidad especial. Era memoria. La misma memoria que tenemos todos, pero que hemos enterrado bajo contraseñas y aplicaciones.
Recuerdo a un vecino, esa mañana, preguntando en voz alta la hora mientras miraba su muñeca vacía. No llevaba reloj. Llevaba un gesto que su mano había aprendido a hacer sin pensar, como quien busca un interruptor donde ya no hay luz. Otro vecino, el de la tienda de ultramarinos, abrió la persiana y se quedó mirando el lector de tarjetas, esperando que parpadeara. No lo hizo. Y él, sin saber qué hacer, se puso a contar el cambio con monedas reales, como si hubiera vuelto a un tiempo que no era el suyo.
Nos hemos vuelto expertos en encontrar cosas, pero hemos perdido la capacidad de orientarnos. Sabemos el camino a cualquier sitio, pero no reconocemos el canto de un pájaro, ni la dirección del viento, ni el olor de la tierra antes de la lluvia. Hemos externalizado los sentidos.
---
📍 El mapa no está fuera: está dentro
Un mapa de carreteras sirve para llegar a un sitio. Pero la orientación verdadera, la que no necesita señal, es otra: saber dónde estás aunque no sepas a dónde vas. Saber que el norte no está en una brújula, sino en la constancia de tus pasos cuando no hay camino.
Ese día, el sol me dijo la hora y las estrellas, cuando llegó la noche, me dijeron el resto. No eran más fiables que cualquier móvil, pero tenían algo que ningún móvil puede darte: el consuelo de lo inmutable. Mientras las pantallas se apagaban, las estrellas seguían girando, indiferentes a nuestra tecnología y fieles a su cita con la noche.
Pensé en todos los que esa noche estarían mirando al techo, esperando que la luz volviera, sin saber que la luz, a veces, hay que aprender a encenderla uno mismo. No hablo solo de electricidad. Hablo de propósito, de abrigo, de no rendirse.
Los primeros días fueron caóticos. Hubo quien se parapetó en su casa y quien se echó a la carretera sin rumbo. Pero también los hubo que buscaron algo parecido a un orden, aunque fuera rudimentario. Y en esos gestos pequeños —una silla sacada al umbral, una lumbre encendida en un bidón, unas palabras compartidas al filo de la acera— vi el primer atisbo de humanidad verdadera. La que no necesita likes. La que se sostiene en la cercanía y el tiempo compartido.
🌱 Lo que aprendí ese día
Que el mundo no se acaba con un apagón.
Se acaba cuando dejamos de creer que podemos reconstruirlo con lo que tenemos a mano.
Y lo que tenemos a mano, al final, no es un móvil ni un cargador. Son las manos. La cabeza. El oficio. Y la memoria de que, antes de los mapas, hubo personas que se guiaban por el sol, el musgo en los árboles y el instinto de no rendirse.
Amiss0709.S.C.S
Que no te importe el cansancio.

Comentarios
Publicar un comentario
Muchas gracias por el comentario.
De corazón,que la fuerza y el amor nos guíen.
Sergio Casanova Segura ( Amiss0709 )