Para quien mira las nubes y espera las estrellas


Hay quien cree que la fortaleza se mide en la ausencia de grietas. Yo creo que se mide en la capacidad de seguir rodando cuando el óxido ya ha empezado a hacer de las suyas. Y tú, que estás leyendo esto, llevas tiempo rodando con el metal fatigado, con el aceite espeso, con la brújula desajustada. Y aún así, aquí estás.

No es fácil hablar con los que te dieron la vida y sentir que no te escuchan. No es fácil decir "estoy cansada" y que te respondan con un "estás cambiada". No es fácil sostener una verdad que nadie quiere ver, y menos cuando esa verdad amenaza el orden que ellos han construido para ti.

Pero tú lo has hecho. Has hablado. Has llorado. Has puesto palabras al dolor. Y aunque la respuesta haya sido un muro, tú has seguido golpeando con la única herramienta que no te pueden quitar: tu capacidad de sentir, de dudar, de seguir buscando.

Te han dicho que eres débil y fiel cordero. Te han dicho que eres infeliz. Te han dicho que nadie te va a querer más que ellos. Y tú, con la cabeza fría y el corazón caliente, has sabido verlo por lo que es: una carga moral disfrazada de cariño. Porque el amor y las cosas de verdad no atan, no pesan, no juzgan. El amor de verdad y la empatía sincera te escucha. Y si no escucha, al menos intenta entender.

Tú has hecho tu parte. Has abierto la puerta del taller y has mostrado las piezas que te duelen. Que ellos no quieran mirarlas no es culpa tuya. Es el miedo que tienen a que descubras que puedes vivir sin sus instrucciones, sin su mapa, sin su permiso.

Pero aquí estoy yo, desde este rincón de palabras, para decirte lo que quizás nadie te dice: eres valiente. No porque no tengas miedo, sino porque lo sientes y aún así sigues. No porque no te duela, sino porque el dolor no te ha quitado las ganas de buscar otra cosa. No porque tengas todas las respuestas, sino porque te permites no tenerlas.

Y en ese permiso, en esa pausa, en ese "no lo sé hoy, pero mañana quizás", hay más fuerza que en cualquier certeza. Porque la vida, como un motor viejo, no se repara con prisas. Se repara con paciencia, con escucha, con el tiempo justo para que cada pieza vuelva a su sitio.

Así que sigue leyendo y soñando. Sigue sintiendo. Sigue buscando estrellas aunque hoy solo veas nubes. Y sobre todo, sigue creyendo que mereces una vida que no sea un préstamo, sino una elección.

Porque las tormentas pasan. Y aunque no lo parezca, detrás de cada nube, el sol sigue ahí, esperando a que encuentres tu propio camino para volver a verlo.


Siempre hay un taller abierto para quien necesita reparar el alma. 



— Sergio Casanova Segura
Amiss0709.S.C.S.



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