El engranaje en vela



Estoy releyendo El engranaje del destino. El mío. El que escribí con las manos manchadas de grasa y el alma en el mismo estado.

Y es una experiencia que no se puede fingir. Porque cuando lo escribí, aquellas frases —el Casino del mundo, los filtros envenenados, el mecánico de almas— sonaban a metáfora potente, a verso de taller. Ahora, con el pitido de los monitores de fondo y mi padre durmiendo a un metro, las palabras se han vuelto carne y acero.

Leo el "Prohibida la reventa" y lo entiendo en su sentido más profundo. Esto que estoy viviendo no se vende, no se negocia, no se traslada. Es mi turno en la mesa del Casino, y la apuesta no es ganar, es no retirarse. Es estar despierto, firme, presente, aunque el sueño pese como un cigüeñal gripado.

El libro en las librerías vive su vida pública. Pero el libro en mis manos, ahora, es el manual de a bordo de un mecánico que intenta no fundir el motor mientras cuida a su padre.

Y entonces caigo en la cuenta de que la mecánica no es solo metáfora. Es exactamente lo mismo:

· Diagnosticar una avería en el taller es como escuchar el silencio de mi padre cuando no se queja.
· Ajustar una válvula con paciencia es como cambiarle la sábana a las tres de la madrugada sin despertarlo.
· Limpiar un carburador envenenado es como limpiarle la boca con una gasa cuando ya no puede hacerlo solo.

"Seguir afinando nuestro engranaje con dignidad, compasión y esfuerzo honesto", escribí en la contraportada. Y aquí, en esta noche sin estrellas, no es una frase bonita. Es la crónica de un tipo que no se rinde, que come mal, que duerme peor, pero que sigue bajando al foso porque eso es lo que hace un mecánico de almas.

El libro está en las librerías. Pero su verdadera edición está escrita en esta silla, en estas horas, en esta vela.

Porque al final, lo único que importa no es cuántos libros vendas, sino cuántas noches fuiste capaz de no rendirte. Y esta noche, con mi viejo al lado, puedo decir que el engranaje sigue girando. Que el Casino del mundo no ha ganado la partida. Que la poesía, la fuerza y la mecánica se han dado la mano en la penumbra de un hospital.

Y ahí, en ese silencio, el libro se relee a sí mismo. Y su autor, que es el mismo que escribe estas líneas, sonríe cansado. Porque sabe que mañana, cuando vuelva al taller, las manos le olerán a grasa y a vida.

El engranaje no se para. Ni en las librerías, ni en el hospital.

Desde el foso, con mi libro y mi viejo. 
Amiss0709.S.C.S




Comentarios

Entradas populares de este blog

La única patria que no se puede perder

AGRADECIDO POR ESTAR AHÍ, GRACIAS.

El ruido del mundo y el silencio del candil