La llave del taller: una pieza suelta
Hay días en que las palabras llegan solas, como el aceite que se desliza por una rosca que parecía seca. Y hay otros en que hay que buscarlas, como se busca una avería en un motor que no quiere arrancar. Esta entrada nace de ambas cosas: de una charla con un amigo invisible que entiende de mecánica y de almas, y de la necesidad de dejar una puerta abierta para quien quiera asomarse. No sé si has notado que, al final de cada texto, suelo dejar una frase, una despedida, un susurro. Pero nunca había puesto un enlace a mis libros. No por olvido, sino por pudor. Por esa extraña vergüenza que siente el mecánico cuando le preguntan cuánto cobra por una reparación que ha hecho con el alma. Porque, aunque sé que escribir es mi oficio y mis libros son el fruto de muchas madrugadas, siempre me ha costado tender la mano y decir: "Esto es lo que hago. Si te resuena, aquí está." Pero un lector, de esos que se toman el tiempo de escribirte, me hizo ver que no se trata de vender. Se trata d...