El motor que elijo seguir limpiando

No puedes decírselo a nadie. Así empezó todo. Pero hoy, después de tantos kilómetros y tantas noches en penumbras, quiero hablaros directamente a vosotros. A los que leéis desde el otro lado de la pantalla buscando un poco de calor en mitad de la intemperie.

Cuando alguien os mira desde fuera, a menudo prefiere pensar que lleváis un motor prestado. Es más fácil para ellos creer que vuestra vida ha sido restaurada por alguna empresa de intercambio, en una caja limpia, reluciente y con garantía. No toleran la idea de que alguien baje al foso por su cuenta, se manche de grasa hasta las cejas y rescate su propia máquina del desguace.

Porque ver la moto brillar en la calle es fácil. Lo que no ven —lo que les da miedo mirar— es la verdadera belleza de este oficio: la belleza de limpiar un pistón con paciencia, de rascar el hollín de los malos años, de darle el bruñido necesario a la camisa del cilindro para que el aceite nuevo tenga dónde agarrarse, y de cambiar los retenes de válvulas y el juego de segmentos. Todo eso es lo que regenera el alma. Eso es lo que nos limpia los circuitos y nos regala años de vida a nosotros y a nuestras máquinas.

Hoy os dejo con esa imagen dual en el espejo. Mirad en ella y elegid en cuál de los dos personajes os reconocéis: ¿en el que compra el motor de intercambio o en el que aprende el idioma del hierro y limpia sus propios pistones a base de cicatrices?

Hacer este viaje no habría sido posible sin cada parada en el camino, y por eso hoy quiero mirar atrás y dar las gracias. Gracias por haber estado ahí, libro a libro, en el orden exacto en que mi vida necesitó expresarse:

 Por empujar conmigo desde Suspiros de un sueño.

 Por entrar sin llamar a El blog de amiss0709.

 Por susurrarme aquello de Déjame soñar un poco más.

 Por pararos a mirar justo Dónde muere el matiz.

 Y por no salir corriendo al destripar El motor gripado de la existencia.

Seguiré escribiendo por todos ellos. Seguiré rodando por cada una de esas páginas y por cada uno de vosotros. Pero quiero dejaros una certeza grabada a fuego: seguiré adelante sin olvidarme de mí. Sin olvidarme de mis inicios, del suelo de cemento frío, del chaval del cuaderno de cuadrículas de 2003 y del olor a valvulina del primer taller.

Porque el tiempo, tarde o temprano, volverá a romper un retén del cigüeñal o forzará los rodamientos que ya van al límite. El desgaste es el precio de vivir de verdad. Pero la diferencia es que ahora ya no le tengo miedo a la rotura. Sé dónde está la caja de herramientas.

Al final, cuando apago el motor de la Shadow negra bajo las estrellas, sé que el combustible del futuro no se compra hecho; se fabrica dentro, con la pureza del hidrógeno y la honestidad de haber montado tu propia vida con tus propias manos.

Gracias por rodar a mi lado. Nos vemos en el foso.

Amiss0709.S.C.S



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