La única patria que no se puede perder


«Español, republicano y poeta. ¿Le parece poco, compañero?», le respondió al funcionario mexicano aquel

veterano de cincuenta años que acababa de descender de un barco en Veracruz. Había escapado a última

hora desde el puerto de Alicante, viendo cómo los suyos se quedaban atrás en una playa convertida en

ratonera, arrastrando los pasos tras haber defendido Madrid en media docena de frentes donde el frío

calaba más hondo que el plomo. Llegaba roto de nostalgia, con los ojos llenos del polvo de las trincheras y

el alma desgarrada por la distancia. No traía maletas, ni medallas, ni oro. En su bolsillo, como único

escudo contra el desamparo, descansaba un libro deteriorado de Antonio Machado.

Siempre que vuelvo a ese fragmento de nuestra memoria herida, me sobreviene la misma certeza en el

pecho: hay una dignidad que ninguna derrota puede arrebatar, un refugio íntimo que permanece intacto

cuando el mundo exterior se derrumba. Para aquel hombre, la patria ya no era una frontera, ni una bandera

que otros habían ultrajado; su patria era ese puñado de versos gastados por los dedos, el eco de una voz

que le recordaba quién era cuando la geografía insistía en desdibujarlo. La literatura, al final del viaje, se

convierte en la única herencia que no se puede confiscar.

A veces te he contado que paso largas horas en el taller, con las manos manchadas de grasa y aceite,

intentando devolverle el pulso y el latido a viejos motores de Bultaco. Quien no conozca el oficio podría

pensar que es una tarea tosca, un mero ejercicio de engranajes y metales fríos. Pero tú, que me lees, sabes

que no es así. Reparar una motocicleta antigua exige el mismo silencio absoluto, la misma paciencia

infinita y el mismo respeto sagrado que requiere buscar la palabra exacta para cerrar un párrafo. En ambos

lados hay un engranaje desgastado por el tiempo y el olvido; en ambos lados hay un intento desesperado

por devolver la vida a lo que parecía condenado a callar.


«El ruido del mundo, con su prisa ciega y su individualismo feroz, nos empuja constantemente a

cerrarnos, a acumular, a contar lo que poseemos como si la existencia se midiera en recibos y

facturas.»


Sin embargo, cuando apago la pantalla del ordenador o limpio las herramientas al caer la tarde, descubro

que la única riqueza real es la que se ofrece sin esperar nada a cambio. El arte de dar no consiste en

vaciarse, sino en comprender que la luz, cuando se comparte, deja de pertenecer a una sola lámpara para

iluminar los caminos de los demás. Por eso, este espacio que compartimos no está pensado para hablar demí, de mis búsquedas ni de mis zozobras. Este rincón es, desde el primer día, un paquete envuelto en

palabras que preparo con todo el cariño de mis manos para entregártelo a ti.

Escribo estas líneas largas, desnudas e inéditas, pensando precisamente en ti, que estás al otro lado. En

ti, que quizás buscas un instante de tregua tras una jornada agotadora, o un candil encendido que te

acompañe en medio de la niebla de un sistema frío que no suele detenerse a mirar a los ojos. No me

importa el cansancio si sé que al final de la página encuentras un refugio donde descansar el alma. Mi

deseo más hondo no es que recuerdes mi nombre o el seudónimo con el que firmo; mi único anhelo es que

sientas que no estás solo en la travesía, que tus ojos y los míos se encuentran en la misma orilla de la

sensibilidad.


Aquel poeta exiliado que llegó a México comprendió que la belleza no firma recibos, que florece de

manera callada para quien sabe contemplarla y mantenerla viva en los días oscuros. Yo te ofrezco hoy

estas palabras como él sostenía su libro de Machado: no como un objeto de vanidad, sino como una

declaración de fe en el ser humano, como un abrazo invisible en la distancia. Que no te importe el

cansancio del camino; que tu fuerza sea siempre del tamaño de tu deseo de seguir buscando la luz.

Gracias por estar ahí, por prestarme tu tiempo, que es lo más sagrado que posees, y por permitir que

este humilde escritor sea el guardián de tu silencio por unos minutos. Pasa, quédate y haz tuyo este refugio

todo el tiempo que necesites.


Amiss0709.S.C.S

Para mis lectores, con el corazón en cada línea. 





Comentarios

  1. MUY BUEN TEXTO. ESTE Y OTROS QUE HE LEIDO,PERO COMO DICES EL MUNDO VA MUY RAPIDO Y CASI SIN FRENOS.GRACIAS POR ESTAR SIEMPRE DISPUESTO A DA OPINION.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Muchas gracias por el comentario.
De corazón,que la fuerza y el amor nos guíen.
Sergio Casanova Segura ( Amiss0709 )

Entradas populares de este blog

El ruido del mundo y el silencio del candil

Qué signifíca...