El aceite que no cambiamos
Hay una frase que me ronda la cabeza desde hace días. La dijo un amigo, pero podría haberla dicho yo mismo en voz baja, mientras limpio las herramientas al final de la jornada:
"Quizá nunca sea capaz de cambiar. Porque poner un mal aceite o no cambiar el filtro es defraudar un motor. Y así me pasa en la vida."
Duele reconocerlo, pero es la pura verdad. En el taller lo veo cada día. Llega una moto con el aceite negro, espeso, lleno de virutas metálicas. El dueño la ha llevado al límite, pero nunca le ha hecho el mantenimiento. No ha sido por maldad, sino por dejadez, por prisa, por no parar a mirar lo que de verdad importaba.
Y luego, cuando el motor gripa, nos llevamos las manos a la cabeza. Pero el daño ya estaba hecho. La fricción, esa enemiga silenciosa, había ido desgastando las paredes del cilindro poco a poco.
Con las personas pasa exactamente igual.
Vivimos en un mundo que nos empuja a poner aceite de mala calidad en nuestras relaciones, en nuestro trabajo y, sobre todo, en nosotros mismos. Nos dicen que aguantemos, que no nos quejemos, que traguemos con lo que hay. Y nosotros, por miedo a defraudar a los demás, vamos llenando el cárter de nuestra alma con residuos, con frustraciones, con silencios que pesan más que una culata mal ajustada.
Hasta que un día, sin avisar, el motor interno se agarrota. Y entonces ya no hay vuelta atrás. O sí, pero la reparación es mucho más cara.
He conocido a mucha gente que se ha pasado la vida entera poniendo aceite sucio para no defraudar a sus padres, a sus parejas, a sus jefes o a la sociedad. Y he visto cómo se han ido apagando por dentro, como un motor que pierde compresión. Su brillo exterior seguía intacto, pero por dentro estaban secos.
Por eso, cuando alguien me dice que tiene miedo de cambiar, que quizá nunca sea capaz, yo le respondo siempre lo mismo: el simple hecho de planteártelo significa que ya estás cambiando.
Yo también he tenido ese miedo. Durante años pensé que cambiar era una traición. Que si elegía mi propio camino, defraudaría a todos los que habían apostado por mí. Hasta que entendí que el único que no podía permitirse defraudarse era yo mismo. Mi máquina interior.
Y no, no hablo de egoísmo. Hablo de supervivencia mecánica. Porque si tú no cuidas tu propio motor, nadie lo va a hacer por ti. Y si te gripa el alma, ya no podrás acompañar a nadie.
Ahora prefiero defraudar a algunos, o incluso a todos, antes que a mi máquina interior. Prefiero cambiar el filtro, aunque duela. Prefiero poner aceite limpio, aunque el ruido del motor cambie y a algunos no les guste cómo suena. Prefiero ir por caminos que no están en el mapa, aunque me quede solo en el taller.
Porque al final del día, cuando apago la luz y me miro al espejo, solo estoy yo. Y no quiero encontrarme con un motor gripado, lleno de óxido y de promesas rotas.
Cambiar no es traicionar. Es hacer el mantenimiento que llevas años posponiendo.
Y si algún día te tiembla el pulso, recuerda esto: prefiero defraudar a algunos o a todos que a mí máquina interior.
— Sergio Casanova Segura (Amiss0709)
El taller de la vida siempre está abierto.

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Muchas gracias por el comentario.
De corazón,que la fuerza y el amor nos guíen.
Sergio Casanova Segura ( Amiss0709 )