La única patria que no se puede perder
«Español, republicano y poeta. ¿Le parece poco, compañero?», le respondió al funcionario mexicano aquel veterano de cincuenta años que acababa de descender de un barco en Veracruz. Había escapado a última hora desde el puerto de Alicante, viendo cómo los suyos se quedaban atrás en una playa convertida en ratonera, arrastrando los pasos tras haber defendido Madrid en media docena de frentes donde el frío calaba más hondo que el plomo. Llegaba roto de nostalgia, con los ojos llenos del polvo de las trincheras y el alma desgarrada por la distancia. No traía maletas, ni medallas, ni oro. En su bolsillo, como único escudo contra el desamparo, descansaba un libro deteriorado de Antonio Machado. Siempre que vuelvo a ese fragmento de nuestra memoria herida, me sobreviene la misma certeza en el pecho: hay una dignidad que ninguna derrota puede arrebatar, un refugio íntimo que permanece intacto cuando el mundo exterior se derrumba. Para aquel hombre, la patria ya no era una frontera, n...
Muy bueno
ResponderEliminar