Escapo de la realidad

 

La realidad supera a la ficción

23 de septiembre de 2023

La realidad, a veces, supera a la ficción. Es una frase que escuchamos con frecuencia y, sinceramente, no tengo ninguna duda de que es así.

En la vida solemos seguir los pasos de nuestros padres, de algún familiar o de las personas que nos marcaron durante el camino. También existen quienes deciden construir una vida completamente distinta a todo lo que les rodeó en su infancia y adolescencia. Sin embargo, por mucho que cambiemos, siempre aparece algún rasgo de esos genes, de esas raíces que llevamos dentro. Eso, al fin y al cabo, también nos hace familia.

Personalmente, creo que jamás debemos rechazar nuestras bases: de dónde venimos y quiénes somos. Evolucionar, sí; crecer hasta donde nuestros sueños y nuestros planes nos lleven. Pero nunca olvidar el punto de partida.

Hay una frase que me repito decenas de veces al día:

“Tienes dos oídos y una boca para escuchar el doble de lo que hablas.”

No es mía, por supuesto. Ni siquiera sé si era de mi mentor o si él la aprendió de otra persona antes de repetírmela una y otra vez hace más de treinta años. Lo que sí sé es que me ayudó enormemente en la vida.

También solía decirme:

“No hagas nada que yo no haría.”

Y, sinceramente, mejor que no lo hiciera… por mi propio bien.

Con el tiempo yo también he ido creando mis propias frases, esas pequeñas locuras que uno utiliza para seguir caminando cuando las semanas se ponen cuesta arriba, como esta.

Porque, al final, son muchas las cosas que moldean a una persona en cada etapa de su vida. Pero hay algunas que nunca deberíamos olvidar si queremos evolucionar en lugar de involucionar, que es la sensación que tengo al observar la velocidad con la que cambia el mundo.

¿Qué somos sin resiliencia?

Probablemente mucho más frágiles de lo que imaginamos.

Hoy puedo escribir estas palabras porque en algún momento de mi vida aprendí a caer, a reconstruirme y a seguir caminando.

¿Y nuestro niño interior?

Quizá sea quien más veces nos salva.

Es quien nos devuelve la sonrisa cuando todo parece oscuro y quien nos invita a mirar los problemas desde otro ángulo, ya sea en la alegría o en la tristeza.

¿La empatía?

Es muy fácil presumir de tenerla.

Es sencillo decir que comprendemos a los demás, que ayudamos o que sentimos sus problemas. Pero la verdadera empatía va mucho más allá. Requiere escuchar sin prejuicios, ponerse realmente en el lugar del otro y aceptar que quizá no tengamos toda la razón.

¿Y escuchar?

Tengo una opinión muy parecida.

Vivimos rodeados de personas que oyen, pero pocas que realmente escuchan.

Mi mentor tenía otra frase que repetía cuando surgían conflictos con algún cliente y nadie conseguía hacerse entender:

“No hay más ciego que quien no quiere ver.”

Cuánta razón tenía el viejo tozudo.

Esas son las banderas que intento llevar siempre en mi propio barco, sin olvidar subir de vez en cuando al carajo para observar el rumbo desde fuera.

Cada día soy más consciente de lo mucho que me ayudan esos principios. Y eso no significa que no me equivoque. Al contrario. Me equivoco, acepto mis errores y pido perdón cuando corresponde, incluso cuando no me resulta cómodo hacerlo.

Porque soy humano.

Y los humanos nos equivocamos.

Sin embargo, hay algo que todavía me cuesta entender.

No logro comprender el comportamiento de una persona a la que sigo teniendo —y probablemente siempre tendré— en el pedestal más alto.

Por más calma que puse, por más palabras y hechos que intenté utilizar, mi mensaje nunca llegó. Y, sin embargo, fui yo quien salió herido.

Sentí una ausencia absoluta de empatía. Eché en falta escucha, respeto y, sobre todo, la voluntad de comprender.

Quizá era ceguera emocional.

No lo sé.

Lo que más me dolió fue que esa persona, precisamente, se dedicaba a orientar a otras. A enseñar. A ser un referente para quienes empiezan su camino.

Aquella hora, que debía haber sido enriquecedora, terminó convirtiéndose en una de esas experiencias que tardan tiempo en abandonarte.

Y, aun así, sigo creyendo en todo lo que he escrito hasta aquí.

A quienes lleváis años leyéndome solo puedo deciros una cosa:

Gracias. Muchísimas gracias.

Escribir me ayuda a ordenar la mente.

Y aunque caminar con fuerza por la vida implique sufrir algunas veces, también me regala muchos más momentos de felicidad.

P. D.

La imagen de esa preciosa perrita, Bombón, está aquí porque cada día deseo tener un corazón tan completo como el suyo.

No porque yo sea incapaz de amar o viva con rencor.

Sino porque los perros son capaces de recibir el peor trato —algo que jamás deberíamos permitir los seres humanos— y, aun así, minutos después seguir moviendo la cola y regalando cariño.

Quizá ahí exista una lección que todavía nos queda por aprender.

Sergio Casanova Segura
#Amiss0709 #Vida #Injusticia


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