Óxido y poesía





I. Óxido y poesía
 
El óxido no es el final.
Es la cicatriz del tiempo,
la huella de lo que un día fue motor,
de lo que rugió… y nunca se rindió.
 
Yaya, mi señora pequeñita, tú que engrasaste mi alma con tu ternura de hierro.
Mamá, guerrera contra el cáncer y contra la vida, te marchaste demasiado pronto, pero dejaste la chispa.
Papá, gigante de mil batallas, tú me enseñaste la fuerza del cigüeñal y la dignidad de quien, incluso al caer, encuentra la manera de levantarse.
 
A los que estuvisteis en el velatorio. A los que llamasteis. A los que escribisteis. A los que sostuvisteis el silencio con un abrazo.
 
Vosotros sois el engranaje que todavía gira en mi pecho.
No os fuisteis del todo. Os quedasteis en el aceite de mis manos, en el sonido de una Harley al arrancar, en cada página de este escrito.
 
Y los filtros del amor ya no están sucios. Se limpiaron con lágrimas, con palabras, con abrazos.
Ahora el motor respira hondo. Sin obstáculos. Sin rencor. Sin deudas.
Porque el óxido se convierte en poesía cuando quien se queda decide que el motor jamás dejará de latir.

 
 El oficio de devolver la vida
(No dejarse engañar por el brillo)
 
Restaurar una moto no es arreglar una máquina. Es devolverle la memoria a un cuerpo de metal que ha viajado, que ha sudado, que ha conocido carreteras y silencios. Es desmontar pieza por pieza, limpiar el óxido que el tiempo ha dejado, medir la holgura de cada rodamiento, comprobar que el cigüeñal aún gira con la precisión que exige el oficio.
 
No hay prisa en el taller. La prisa es enemiga del ajuste fino.
 
El primer paso es siempre el mismo: mirar. No con los ojos, sino con las manos. Dejar que los dedos recorran las superficies, que sientan las rugosidades, que perciban el desgaste que la vista no alcanza a ver.
 
Lo mismo ocurre con las noticias, las promesas, los discursos que nos venden a diario. Hay que aprender a tocarlos, a desconfiar de su brillo excesivo.
 
Luego viene el despiece. La paciencia de ir separando cada elemento, de etiquetar cada tornillo, de no perder ni una pieza porque todas, hasta la más pequeña, tienen un lugar y una función.
 
La limpieza es otro ritual. No basta con quitar el polvo y la grasa acumulada. Hay que llegar a los poros del metal. Porque si la base no está bien preparada, por mucho brillo que le pongas encima, el óxido volverá a aparecer.
 
Así funcionan las estafas y las noticias falsas: te venden un brillo sin imprimación, una promesa sin cimiento.
 
Pero el fallo más común es la ceguera del bosque. La gente ve el árbol enemigo: la noticia falsa, la estafa, el político. Se enfoca en ese árbol y cree que con eso ha hecho suficiente. Pero no ve el bosque: el sistema que genera esos árboles.
Porque el engaño no es un árbol suelto. Es un ecosistema.
 
Al final, cuando la moto vuelve a rodar, hay algo más que una máquina reparada. Hay una historia que continúa, un viaje que se retoma, una vida que se ha negado a ser desechada.
Y cada vez que una rueda vuelve a girar, hay algo que nos recuerda que la vida, como el metal, puede volver a brillar si alguien se toma el tiempo de cuidarla.
 
La pieza que nos quieren vender
 
La pieza que nos quieren vender para 'arreglar' el motor y que solo lo funde.
 
¿Estás harto? Yo también. Harto de que nos mientan, harto de que nos roben, harto de que los políticos se llenen los bolsillos mientras nosotros llegamos a fin de mes con lo justo.
 
Te han contado que el problema son 'ellos'. Los de otro partido, los de otra raza, los de otro barrio, los extranjeros, los ricos, los pobres. Te han dado una explicación muy fácil y muy rápida para algo que es muy complicado. Y te has agarrado a ella, porque cuando tienes miedo y estás cansado, una respuesta fácil es como un analgésico.
 
Pero yo soy mecánico de motos, y sé cómo funcionan las mentiras de las piezas.
 
Cuando un motor falla, siempre te intentan vender una pieza de 'segunda mano' que no sirve o un apaño rápido. Te dicen: 'Mira, ese es el problema, tírale piedras, cierra la puerta, no hables con él'. Esa pieza barata que te dan para odiar al vecino parece que al principio va bien. Te alivia el dolor, te sientes parte de un grupo.
 
Pero esa pieza que te están vendiendo es un bulo. Y un bulo es como echar gasolina pura en un motor de dos tiempos sin aceite. La fricción sube, el metal se calienta, y si no paras, el motor entero se gripa. Y cuando el motor se gripa, no se rompe solo la pieza que te dieron: te rompes tú, se rompen tus hijos, se rompe tu barrio, y se rompe el país entero.
 
Porque el 'otro' no es tu enemigo. El 'otro' es otra persona que también está harta.
 
No te están pidiendo que cambies de bando. Te están pidiendo que no te dejes usar como un engranaje más. Que pienses con tu propia cabeza, que hables con tu vecino aunque no estés de acuerdo.
 
El verdadero enemigo es el que nos quiere convencer de que somos diferentes cuando somos exactamente la misma pieza del mismo motor que se está gripando.
 
— Porque aún somos humanos...
 
Mi familia y yo, desde el taller de la vida, gracias.
 
Sergio Casanova Segura
Amiss0709.S.C.S.
El taller de la vida siempre está abierto.

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