El superpoder de ser invisible en casa
Quizá o cómo dejar de arrancar motores sin chispa
Hay días en los que uno se para a mirar el panorama y se pregunta en qué momento la vida se convirtió en un circo de contrastes.
Por un lado, tienes a la familia, a los amigos de siempre, a los del café y las risas. Con ellos compartes silencios, memes de WhatsApp y toneladas de intrascendencia, porque la convivencia también se alimenta de eso. Es sano, es normal. Pero de repente te cruzas con tu propia trinchera: tus libros, tus textos, las horas de sueño robadas para levantar este blog, los proyectos donde dejas un trozo de alma y las manos manchadas de tinta y de grasa.
Y ahí se hace el silencio. Un silencio tan espeso que casi se puede cortar con una llave inglesa.
Lo miras de cerca y te choca ver cómo se pasa página —literal y figuradamente— con una indiferencia que, más que doler, desconcierta. No hablo de que te compren el libro (bastante tienen con sobrevivir al mes como para valorar la cultura), hablo del simple gesto. Un "qué buen trabajo", un mísero compartir en sus muros, un like perdido entre las fotos del gato y la paella del domingo.
Te preguntas si la lectura da urticaria, si el formato largo se ha atascado como un chiclé suelto en el carburador de su atención, o si simplemente lo tuyo no da el mismo feedback rápido que un vídeo de TikTok. Da igual el motivo. Lo que quema de verdad es la sensación de estar dando un concierto de rock en el salón de tu casa mientras ellos miran el partido por encima de tu hombro.
Dicen que nadie es profeta en su tierra, y es el único refrán que parece cumplirse con precisión de reloj suizo. Para los tuyos, sigues siendo el de siempre. El primo, el hermano, el marido, el amigo. Les cuesta un esfuerzo titánico hacer el clic mental de verte como un creador, como alguien que sangra palabras o que intenta carburar una idea desde las tripas. Ellos ven al mecánico que se mancha, no al alquimista que escribe.
¿Y sabes qué? Es como intentar arrancar un motor de dos tiempos ahogado: por mucho que le des a la palanca con rabia, si no hay chispa al otro lado, lo único que consigues es agotarte tú y acabar con el pie dolorido.
Al final, llega la revelación. La verdad liberadora: tus textos no son para ellos.
Escribir no es mendigar aplausos en la mesa del comedor. No es buscar la aprobación del que te vio hacer el ridículo en tu primera bici. Escribir es arrojar una botella al mar. Es dejar una bujía nueva sobre la mesa para que la recoja alguien que ni te conoce, pero que al leer la primera línea siente el mismo rugido por dentro. Alguien que sí sabe lo que es tener el motor gripado y buscar desesperadamente un poco de aceite limpio.
Hoy he tomado una decisión de taller: no voy a gastar ni un gramo más de estrés ni una gota más de gasolina intentando que los ciegos miren el cuadro. Que sigan viendo el partido.
Yo seguiré escribiendo. Porque la carretera es larga, las palabras queman si se quedan dentro, y el asfalto de este blog siempre estará abierto para quien quiera arrancar a mi lado.
Incluso para ellos, aunque de momento solo miren el paisaje desde la barrera.
— Sergio Casanova Segura (Amiss0709)
El matiz no muere, sobrevive en nuestra conciencia... y en los oídos sordos de quienes nunca te vieron arrancar.

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Muchas gracias por el comentario.
De corazón,que la fuerza y el amor nos guíen.
Sergio Casanova Segura ( Amiss0709 )