El retraso de la puesta a punto
Hoy me he levantado triste.
No es tristeza de cansancio ni de melancolía. Es esa tristeza densa que se mete dentro cuando ves las noticias: jóvenes que gritan consignas de odio, que se ríen de la crueldad, que han aprendido a odiar antes que a pensar. Y entonces me pregunto, con el corazón encogido, cómo es posible que exista tanta maldad.
No lo entiendo. Y, sinceramente, creo que no entenderlo es lo único que todavía me mantiene cuerdo.
Porque si algún día llegara a comprender la maldad hasta el punto de verla como algo normal, significaría que me habría acostumbrado a ella. Y ese es el verdadero peligro: no que el mundo se llene de odio, sino que nosotros dejemos de escandalizarnos ante él.
En el taller, cuando un motor no funciona como debería, lo primero que hago es diagnosticar. Busco el origen del problema, porque casi nunca basta con reparar lo que está a la vista. A veces el fallo está en un mantenimiento que se dejó de hacer: un aceite que no se cambió a tiempo, un filtro que acabó obstruido, una junta que se resecó con los años.
Un motor no siempre se rompe de repente. Muchas veces se desgasta en silencio, pieza a pieza, hasta que un día, sin previo aviso, gripa.
Llevamos siglos de retraso en nuestra propia puesta a punto. Hemos avanzado en tecnología, en ciencia y en comodidad. Hemos llegado a la Luna, aprendido a combatir enfermedades y conseguido comunicarnos con cualquier rincón del mundo en apenas unos segundos. Sin embargo, cuando miramos dentro de nosotros, seguimos arrastrando demasiados defectos de fábrica.
Seguimos cediendo al miedo. Seguimos buscando culpables en quien es diferente. Seguimos usando el odio como combustible para alimentar frustraciones que no sabemos nombrar.
Ese es nuestro retraso en la puesta a punto. No se mide en años, sino en generaciones que heredan los mismos prejuicios, la misma intolerancia y la misma incapacidad de mirar al otro a los ojos y reconocerlo como un igual.
Y eso duele.
Duele ver a chavales que podrían estar aprendiendo un oficio, enamorándose, descubriendo el mundo o construyendo algo hermoso con sus propias manos y que, sin embargo, terminan gritando consignas que quizá ni siquiera comprenden. Jóvenes que alimentan un fuego que, tarde o temprano, también puede acabar quemándolos.
Me entristece pensar en todo lo que estamos dejando de enseñarles. Porque educar no consiste únicamente en transmitir conocimientos, preparar para un trabajo o enseñar a ganarse la vida. Educar también es enseñar a convivir, a respetar, a pensar por uno mismo y a comprender que nadie necesita ser menos para que nosotros podamos ser más.
La lectura tiene mucho que ver con esa puesta a punto. Un buen libro es como abrir el motor de una vida que creemos conocer: nos obliga a mirar las piezas de dentro, a descubrir ruidos que habíamos normalizado y a preguntarnos por qué estamos funcionando de una determinada manera.
Hay lecturas que no arreglan el mundo, pero sí nos ayudan a detectar una avería antes de que se convierta en una rotura.
Leer nos presta otros ojos. Nos saca, aunque sea durante unas páginas, de nuestra propia cabina para sentarnos en la vida de alguien distinto: quien tiene miedo, quien sufre, quien piensa de otra manera o quien carga con una historia que no conocemos. Y cuando uno se acostumbra a mirar así, resulta más difícil reducir a los demás a una etiqueta, a un enemigo o a una consigna.
Por eso educar también debería ser enseñar a leer de verdad: no solo a juntar palabras, sino a detenerse, dudar, comprender y hacerse preguntas. Un libro no cambia a nadie por sí solo, igual que una llave inglesa no repara un motor si nadie decide usarla. Pero puede ser la herramienta que nos faltaba para empezar el diagnóstico.
Pero no todo está perdido.
Frente a ese retraso también existen talleres de almas: personas que, en lugar de avivar el odio, se sientan junto a alguien averiado y lo acompañan con paciencia. Personas que enseñan sin humillar, escuchan sin juzgar y siguen tendiendo la mano incluso cuando el mundo parece empeñado en cerrar sus puertas.
Existen palabras que nos dan herramientas para no doblarnos, conversaciones que desarman la mentira y comunidades que no abandonan a nadie cuando las cosas se ponen difíciles.
También hay gente que cuida, acompaña, piensa y se niega a aceptar el odio como algo inevitable. Gente que demuestra, mediante pequeños gestos cotidianos, que todavía estamos a tiempo de hacer las cosas de otra manera.
No podemos reparar el mundo entero. Ojalá pudiéramos, pero no está en nuestras manos.
Lo que sí podemos hacer es nuestra propia puesta a punto: cambiar el aceite de nuestras ideas, limpiar los filtros de aquello que consumimos y revisar las piezas que el tiempo, el miedo o la rabia han ido desgastando por dentro.
Podemos aprender a escuchar. Reconocer nuestros errores. Preguntarnos, de vez en cuando, si seguimos funcionando de acuerdo con aquello en lo que decimos creer.
Podemos decidir, en definitiva, no formar parte de ese retraso.
Porque la evolución no es una meta que se alcanza de una vez para siempre. Es un camino que exige mantenimiento, atención y voluntad. Y no se mide solo por lo que somos capaces de construir, sino también por lo que somos capaces de comprender, respetar y cuidar.
Avanzamos cada vez que elegimos escuchar en lugar de gritar, comprender en lugar de condenar y tender la mano en lugar de cerrar la puerta.
Hoy estoy triste. No voy a negarlo ni a disfrazarlo de optimismo. Hay cosas que duelen precisamente porque todavía nos importan.
Pero mañana volveré al taller.
Seguiré reparando motores, escribiendo textos y cuidando de los míos. Seguiré intentando aportar algo, aunque sea pequeño, a este mundo que tantas veces parece olvidar lo verdaderamente importante.
Porque esa es mi puesta a punto: la que depende de mí; la que puedo revisar cada día para no acabar funcionando con las mismas averías que tanto me duelen cuando las veo en los demás.
Quizá no consigamos reparar toda la humanidad. Quizá hagan falta muchas más generaciones para corregir defectos que llevamos siglos arrastrando.
Pero mientras haya alguien dispuesto a enseñar sin odiar, a pensar sin despreciar y a cuidar sin pedir nada a cambio, todavía habrá esperanza.
Y mientras quede esperanza, merecerá la pena seguir trabajando.
El taller de la vida siempre está abierto.
— Sergio Casanova Segura (Amiss0709))


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Muchas gracias por el comentario.
De corazón,que la fuerza y el amor nos guíen.
Sergio Casanova Segura ( Amiss0709 )